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Ramón Cavanilles: el asturianista más original (I)

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Ramón Cavanilles: el asturianista más original (I)

Ramón Cavanilles

Ramón Cavanilles Navia-Osorio.

El catedrático Lluís Xabel Álvarez evoca la figura de Ramón Cavanilles Navia-Osorio (Oviedo, 1933-Villaviciosa, 2006), compañero de militancias y collaciu en la normalización de la lengua asturiana, al que su nieta Isabel Argüelles rinde también memoria. Ingeniero y aristócrata, luchó por el patrimonio artístico, la democracia radical y la plurinacionalidad. Fue autor de una relevante historia de la Catedral de Oviedo, de cuya Asociación de Amigos fue presidente.

Lluís Xabel Álvarez / Catedrático de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad de Oviedo.

Han pasado más de diez años desde el fallecimiento de Ramón Cavanilles y es preciso mantener vivo el recuerdo de su figura. Don Ramón siempre fue ‘Cavanilles’ por antonomasia y escribir sobre él implica una cierta complicidad que yo agradezco. Sin duda que ahora la gente está muy informada, demasiado según algunos, pero solo de lo que pasa por ahí en un corto espacio de tiempo. Comprendo por eso que los más jóvenes no tengan en cuenta la obra de Ramón Cavanilles, pero mi intento es evocarla por igual para quienes convivieron con él en las mismas o parecidas luchas.

Porque ante todo Ramón Cavanilles es uno de los asturianistas más combativos de su generación y sin duda el más original. Pero además ocurre que Ramón ha sido y es también un gran precursor, en la medida en que ser precursor en la cultura y la civilidad asturianas es algo de singular importancia.

Cuando Amelia Valcárcel y yo conocimos a Ramón reconocimos enseguida en él ese doble carácter admirable de asturiano de pro y de iniciador de las militancias que las nuevas generaciones estaban llamadas a cumplir. Amelia sobre todo estuvo con Ramón desde el principio y en primera línea en la lucha por el patrimonio artístico. Así en el triste caso del robo y destrozo de las joyas de la Cámara Santa, que vino a resolverse al fin en una restauración ejemplar -minuciosa, metódica, novedosa- que relanzó socialmente las Cruces y las demás piezas como los símbolos religiosos y nacionales que son.

También en otro caso notable, poco después: el del palacio de Concha Heres en Oviedo, cuya defensa en cambio no pudo impedir su destrucción. En un orden de cosas más teórico fue por aquel entonces y al socaire del proceso constitucional cuando Ramón y Amelia escribieron a cuatro manos el libro-manifiesto El nacionalismo asturiano, una lectura renovada del clásico regionalismo integrador que anunciaba, en vista del Estado de las Autonomías, el concepto de plurinacionalidad.

Remanecer de la lengua asturiana

Esos episodios de finales de los setenta fundamentaron una amistad con Ramón y con Isabel, su mujer, que nos descubrieron la realidad sabida pero poco conocida de las tensiones en el seno de la burguesía asturiana a finales del franquismo: fuimos testigos del afecto de Ramón e Isabel por Gerardo Iglesias, del PCE, en un tiempo en el que los apodos de ‘El Polesu’ o ‘Pepe, el comunista’ respondían en realidad a personalidades de la iglesia asturiana comprometidas con la vía democrática.

Y es que el entorno de Cavanilles era y es el de un cristianismo abierto, sólido y profundo. Una postura que se aprecia en su libro de historia de la Catedral de Oviedo, de cuya Asociación de Amigos fue presidente. Recuerdo aquella cena en casa de Ramón en la calle Cimadevilla en la que nos reunimos unos cuantos invitados con el arzobispo Gabino Díaz Merchán y el filósofo José Luis López Aranguren… También aquella otra ocasión que tuvimos de charlar animadamente con el catedrático Emilio Lledó.

En aquellos años nos acercamos muchas veces a la finca de El Porreo, en Villaviciosa. Allí estaba Ramón, que ingeniero como era no descuidaba tampoco en ocasión oportuna las labores de gentleman farmer, su jardinería, sus animales, su hórreo. En las tertulias de sobremesa, con Ramón e Isabel, junto con colegas nuestros de humanidades muchas veces, como Julia Barroso o Juana Gil, se hizo erudición y discusión sobre Asturias y sobre España, sobre democracia y medio ambiente, sobre feminismo y sobre arte.

Y me complace poner de relieve que saludábamos en Cavanilles a un collaciu en el tema concreto, tan vidrioso entonces, de la normalización de la lengua asturiana, del que la mayoría se escaqueaba. La palabra remanecer le parecía un hallazgo semántico y se adhería en la práctica a su concepto.

Pasaron las décadas con sus avatares y Ramón Cavanilles no se privó de escribir en prensa de lo aquello a lo que su variado genio, de ecos sesentayochistas, le llevaba. No propenso a honores lo mismo criticaba a políticos que reivindicaba la actitud republicana o ponía en solfa determinados actos del rey, o aplicaba su mente científica al análisis de nuestra economía y sociedad asturianas. Hasta el final fue fiel a su carácter y a la apelación a esa democracia radical que en ninguna institución veía cumplida pero que en todas deseaba ver manifestarse.

PUBLICADO EN ATLÁNTICA XXII Nº 56, MAYO DE 2018

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