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Atlántica XXII

Un paisaje fósil de Asturias

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Un paisaje fósil de Asturias

La carretera del Eo permanece, treinta años después de inaugurarse el Puente de los Santos, como una foto fija de la comarca y de la región entera

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Artículo publicado en el número 58 de ATLÁNTICA XXII (septiembre de 2018), dentro del monográfico dedicado a la nueva identidad asturiana.

 

Rafa Balbuena | Periodista

Sergio López | Fotografías

 

El Puente de Los Santos rebasa ahora sus 30 años de vida y la antigua N-640, libre de aquellas caravanas de coches y camiones, es en 2018 una carretera de grado preferente pero con baja ocupación. Su rango legal obliga a mantenerla bien conservada, pero al descargarse de tráfico se ha convertido en un paisaje súbitamente fosilizado, coincidiendo con la decadencia económica y demográfica del occidente asturiano. Esta carretera permite viajar en el tiempo tal cual estaba hace 30 años. Un retrato tan bello como amargo, humilde pero digno, que al recorrerse hoy sin la prisa de las autopistas transmite la extraña sensación de que quizá sea el paisaje el que está contemplando al visitante.

DE SERANTES A CASTROPOL

El inicio de la ruta está en el extremo occidental de Tapia de Casariego, en el núcleo de Serantes, donde la N-634 se bifurca entre la autovía A-8 y la vieja carretera. Con tan solo cruzar dos rotondas, la velocidad del tráfico, de la vida y casi del tic-tac del reloj se reducen. El trayecto, rectas alternando con curvas suaves, tiene a ambos lados hostales y restaurantes, de
esos que no necesitan carriles de entrada ni áreas recreativas. Dentro, el panorama no varía mucho: camareros de edad madura, clientela entrada en años…, y mucha mesa vacía. Estamos en el concejo de Castropol: al fondo, como una presencia constante pero invisible, la ría del Eo. Aún no alcanzamos a verla, pero la brisa trae su característico olor a barro, salitre y algas que, como cantaba Bibiano Morón, anuncia que «estamos chegando ó mar».

Fotos de Sergio López

El asfalto traza unos pocos cambios de rasante y, entre indicadores del Camino de Santiago (acaso el único avance sustancial en estos años; revelador, tratándose de un recurso medieval), vemos otras huellas del tiempo: talleres cerrados, con ajados anuncios y logotipos de coches que hacen sonreír de nostalgia. Casas en ruinas, con tejado agujereado y enladrillado al aire. Edificios de antiguas Escuelas Nacionales, un poco más aparentes pero, por dentro, desoladoramente abandonadas. Todavía permanecen algunas caserías en pie, con su hórreo de tipo gallego y la estampa afilada y escueta, humilde en comparación con los de la Asturias central y oriental. Resulta llamativo el silencio que los rodea, que no aparenta placidez. Más bien parece el sonido del cansancio.

Más adelante, la villa de Castropol se hace a mano derecha del camino, y desde fuera, con las casonas de indianos y las farolas fernandinas, se percibe el eco de esa antigua vida señorial que la villa aún se resiste a perder. Pero hay que seguir ruta, camino de la siguiente parada: Vegadeo. Ahora el trayecto es más desierto. La ría, que nos acompaña desde el mismo borde de la carretera, se retira ante la llanura. La calzada es más solitaria y las casas surgen lejanas. Sólo unos cuantos sembrados de maíz, un par de vacas en un cercado y una carretera recta, cada vez más vacía. Si paramos en el arcén, donde no hay problemas de visibilidad (pocos van a ser los conductores y espectadores con que uno se cruce), podremos apreciar de nuevo el silencio. Quizá nos hemos hecho a él y por eso parece menos amenazante. Pero aunque ahora sea más sosegado, sigue siendo triste.

DE VEGADEO A RIBADEO

Avanzamos y la vega del Eo se estrecha. Más casas, más naves, más talleres y, en nada, entramos en Vegadeo. La vida se concentra en la pequeña villa vibrante, con un punto de orgullo. Quedan
comercios que conservan el aspecto antiguo (que no necesariamente viejo) asociado a sus nombres: zapatería, fotógrafo, chocolatería, óptica, boutique, joyería… Ese panorama que desde Madrid, con un punto desdeñoso, se solía llamar «ambiente de provincias» y que aquí resiste, entre alegre y numantino. Puede verse en la Alameda y frente al Ayuntamiento, donde los veigueños llenan las terrazas y la hostelería en cuanto sale un rayín de sol. Y es que el camino es así, o mejor dicho debería ser siempre así: ante el pesimismo o la decadencia, las ganas de vivir y de salir adelante, caiga quien caiga, se imponen sobre todo lo demás.

GALICIA ESTÁ AL LADO

Poco más de un kilómetro y llegamos al antiguo puente sobre el Eo, el Puente de Porto, que como recuerda una placa, se inauguró en 1863. Al fondo, hacia el horizonte, se distingue con claridad su relevo, el de Los Santos, que cortó aquel flujo de tráfico inacabable entre Asturias y Galicia en 1987. La barandilla del de Vegadeo está roja de óxido y la acera, muy estrecha y con baldosas rotas, no se puede decir que invite a cruzarlo con mucho entusiasmo. Pero lo hacemos, aunque solo sea por decir que ponemos el pie en la provincia de Lugo. Pero lo cierto es que,
sugestiones del mapa aparte, las cosas no se ven muy distintas desde el otro lado de la divisoria. Todo se ve igual. O igual es que todo sigue igual.

Quizá la única diferencia notable, continuando camino hacia Ribadeo, sea comprobar que la carretera está en peor estado, con más baches y un asfaltado deficiente. En sentido estricto, vamos por la N-642 (tras una bifurcación, la N-640 queda atrás, a la salida de Vegadeo, y sigue en dirección a Lugo). Nosotros continuamos la ruta que engarza con lo que el Puente de los Santos unió por línea de costa, la carretera «de siempre», la de la mariña lucense. El tramo está prácticamente desierto hasta llegar a Ribadeo, salvo algún mirador sobre la ría, una casa en ruinas llena de graffitis y, cada poco, entre eucaliptos y brezos, los viejos mojones de tráfico contándonos en qué punto kilométrico estamos. De nuevo un signo entre lo histórico y lo kitsch hace de testigo de la distancia y también del paso del tiempo.

LA VISTA ATRÁS, EN DESTINO

Ya en Ribadeo, fin de la ruta, la sensación es parecida a la de una hipotética suma de lo ya visto en Castropol y Vegadeo. De nuevo el contraste entre un extrarradio vacío y una población dinámica y a la fuerza volcada en su tiempo. Dando una vuelta, damos con una pista finlandesa que, de modo poco sorprendente, pasa bajo los últimos pilares del Puente de los Santos. Otro inciso moderno, otro contraste que nos devuelve al siglo XXI cuando no hace ni diez minutos podríamos estar convencidos de haber caído por un aleph a los años 80, como personajes de Borges.

A poco más de 600 metros en línea recta está de nuevo Asturias. Si rehacemos los 24 kilómetros que nos han llevado hasta aquí, también. Sin embargo, la idea de haber recorrido unos lugares y tiempos absolutamente diferentes, aunque en realidad sean uno solo, deja en el cuerpo y la mente una sensación extraña, un contraste difícil de asimilar. Quizá sea eso que los ingleses llaman «spleen» y que, por su carácter agridulce y único, indescriptible, no tiene traducción exacta al castellano. Y es que estas cosas no se pueden explicar: hay que ir allí y sentirlas, porque esa es la única forma de que nos lo cuenten todo.

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